21.9.11

El sueño acabó conmigo. Mi almohada estaba cómoda. La cama me llamaba. Tenía sueño. El cansancio se adueñaba de mí. El ruido de las llaves cayendo sobre la ropa, retumbó en mis oídos. Ese sonido me llevó a recordar el murmullo y las luces de la noche. Las canciones, los empujones, las luces, el baile, mis amigos, el amor. Juntar todo en una noche, una o dos veces por semana, se transforma en una razón para vivir. El veneno de la felicidad extrema, recorre tus venas. Las luces que bailan siguiendo el ritmo de la música sin parar, ni siquiera para descansar. Tantas personas ocupando cada espacio cuadrado, cada una en su mundo. La espera previa, es infinita. La preparación, la ansiedad, las especulaciones de que va a dejar esa noche, son infinitas. Las idas y vueltas que da uno con los preparativos para lo que va a ser la noche.
Y si, termina siendo lo que esperabas.
O no, pero pensás que falta una semana, y cada vez menos para otra vez, volver a repetir el mismo rito del culto.

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